De la tercera a la cuarta edad: un cambio de paradigma

Hace algunos años, antes de emprender junto con Laura esta aventura de montar nuestro propio centro de día, mientras trabajaba en residencias, escribí un artículo para el boletín de la residencia en el que abordaba el tema de la «cuarta edad». A continuación voy a transcribirlo a este blog, de manera íntegra.


LA CUARTA EDAD

«Un bebé es alegría, un niño es un reto, un joven es pasión, un adulto es responsabilidad, un anciano es reflexión.» 

Pasamos toda la vida trabajando, lidiando con nuestros problemas diarios y con el propio mundo, esperando llegar a mayores para poder alcanzar ese merecido descanso. Sin embargo ¿Qué sucede cuando nos pasamos de mayores? ¿es eso realmente posible? Según el vertiginoso aumento de la esperanza de vida en nuestro país, sí, lo es. Dejad que me explique antes de sacar conclusiones. 

Tenemos etiquetas para absolutamente todas las etapas de la vida. Concepciones de las mismas basadas en lo que nosotros hemos ido viendo en la conducta de nuestros propios padres y abuelos. Pero qué sucede cuando nos enfrentamos a lo desconocido.

Esa es la pregunta que cada vez más personas se hacen, al ver que sus propios padres, o ellos mismos, entran en una etapa extraña en la que ya han pasado también por la fase de ser el abuelo que baja con el nieto al parque, o la abuela haciendo croquetas hasta llenar el congelador. Cuando ya no puedes ir a los viajes del «Imserso», al hogar del jubilado a echar el guiñote, o con las amigas a tomar el vermú. Cuando los nietos ya son papás y los biznietos contemplan algo extrañados a la «bisa», sin comprender muy bien qué representa, mientras la nieta se esfuerza para que a esas pequeñas personitas les entre en la cabeza lo importante que ha sido para ella a lo largo de su vida. 

Las residencias de ancianos dicen que se dedican a la tercera edad, porque antes no existía nada más, salvo en casos excepcionales. Pero es el momento de hacer un punto y a parte y aprender a diferenciar esta nueva fase a la que denominamos, de manera todavía extraña, «cuarta edad».

En un sentido puramente técnico: la «cuarta edad» es aquel estado de edad avanzada en el que la persona comienza a presentar múltiples deterioros físicos y cognitivos, exponiéndose a enfermedades y patologías relativamente nuevas que antes no conocíamos, simplemente, porque no se llegaba a tal estado de longevidad, en el cual el ser humano pudiese «involucionar» a esos niveles.

Por poner una cifra concreta podemos decir que la cuarta edad comienza aproximadamente a los 80 años, prolongándose a cifras muy altas, siendo incluso cada vez más común ver a personas centenarias. El principal cambio para el individuo es que poco a poco va cayendo en una situación de dependencia, primero para actividades complejas y posteriormente pudiendo llegar a un estadio total de dependencia hasta para los asuntos más sencillos como vestirse, ir al baño por sí mismo o saber identificar los cubiertos a la hora de comer. 

¿POR QUÉ NOS DEBE INTERESAR TODO ESTO?

Porque el problema al que nos enfrentamos, como sociedad, es el desarrollo de nuestra capacidad de inclusión para las personas, no mayores, sino todavía más mayores. Es algo más que ayudar a la abuela a cruzar la calzada. Toda una incertidumbre sobre cómo nuestro ritmo de vida puede ir, un poco más despacio, pero sin frenar, para incluir a las personas en la «cuarta edad». 

¿Cómo conseguimos que nuestros seres queridos no se sientan desplazados cuando el paso del tiempo les ha relegado a una posición terciaria en la que se presenta casi la misma dependencia que un bebé recién nacido?

En ese brete nos encontramos actualmente y sobre él debemos intervenir. Desde las instituciones y la propia sociedad. Un debate que sólo se bordea, como la punta de un iceberg, y sobre el que naufragaremos como civilización si no somos capaces de reaccionar a tiempo. 


Este artículo tiene ya algunos años, y tras releerlo saco sobre todo en claro lo importante que es estar preparados como sociedad para hacer frente a todo este cambio que estamos viviendo. Algunos de los problemas se han agudizado tras la pandemia, sacando a relucir la soledad y la dependencia que se dan en la cuarta edad.

Para ejercer un cambio de paradigma debemos en primer lugar poner en valor todo lo relacionado con la prevención de los problemas más comunes que surgen con el envejecimiento: el deterioro físico (dolores articulares, pérdida de masa muscular) y cognitivo (pérdida de memoria a corto plazo, problemas con el lenguaje y el razonamiento). Factores como la nutrición, el nivel de actividad física y mental (reserva cognitiva), unidos a la ausencia de hábitos tóxicos y una buena atención primaria en sanidad, son claves. Junto a todos ellos, también debe primar la existencia de instituciones proveedoras de servicios sociales, que actúen como escudo para la prevención, y de manera terapéutica, cuando ya se presentan estos factores. Residencias, centros de día, servicios domiciliarios, que deben, por un lado, ofrecer servicios y atención de calidad, con programas enfocados en el envejecimiento activo, y por el otro lado, deben ser apoyados desde la Administración Pública, ya que sólo así, entre la colaboración publico-privada, seremos capaces de llegar a ofertas las suficientes plazas, y con la suficiente calidad, para abordar todos los retos que se nos presentan en las próximas décadas, en las que la generación del «baby boom», encarrila la jubilación.

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